La trilla y el espacio de social del campo chileno

ene 09, 2011 comentarios by

Por Cristian Rodríguez Domínguez, arquitecto

Cada verano es común ver a enormes colosos que recorren de manera solitaria cada colina, extrayendo el sustento que les ofrece la unión entre la tierra y el sol a sus hijos. La trilla ha sido siempre el espacio de sociabilidad del campo chileno, hasta allí llega la maquina cosechera con su carro, los vecinos a ayudar y las mujeres preparan sus mejores cazuelas para generar el caldo necesario entregando la fuerza diaria para sus hombres. En el atardecer, un par de conversaciones alimentan historias que han recogido en diversas cosechas en nuestro campo, una guitarra en mano comienza a entonar diversas payas y cuecas. Al viajar por los campos en verano era común ver aquellos mantos dorados que el viento tocaba suavemente haciéndolos deslizar como un pequeño torrente en un estero.  Estos esteros alimentaron pequeños sueños de un grupo de hombres que buscaron en estas tierras generar relaciones que les permitieran satisfacer sus necesidades de vida. Todos trabajaban por un fin común, realizar la trilla y de esta manera obtener el sustento para el resto del año, el alimento mediante el cual se realiza el pan, el mote, la harina tostada, los catutos, las pantrucas y las tortillas. Mapuches, colonos y chilenos vivimos del trigo, hemos participado de una u otra manera en la cosecha.
Mucho mas atrás en el tiempo, la trilla convocaba a gran cantidad de trabajadores, desde distintos puntos del país arribaban en el ferrocarril, mientras en algunas haciendas contrataban carros para atraer gente. Así, el capataz junto al dueño del fundo organizaba todas las actividades que convocaba este evento, como un verdadero engranaje, los trabajadores debían cumplir un rol definido.
Una de ellas era la enyugada,  una carrera para obtener las mejores parejas de bueyes y así forjar un mayor rendimiento en la trilla, una carreta colmada de gavillas las llevaba hasta la era, allí un locomóvil generaban la fuerza necesaria para separar la paja del trigo. Una a una, son amontonadas las gavillas, en un acto también solitario, al igual que la contemporánea modernidad, en tanto en sus inicios los colonos realizaban su trilla a yegua, según lo consigna el investigador Alberto Dufey Castro en su libro “Crónica de la inmigración suiza en la Araucanía”.
Hoy, este espacio de encuentro ha desaparecido, salvo en aquellos rincones donde no llegan los grandes colosos, en los faldeos de la cordillera de Nahuelbuta, aún se cosecha a mano. La trilla permanecerá en el tiempo como una tradición propia de nuestros campos, un hecho que ha marcado a los hijos del trigo.

Columnas, Cristian Rodríguez Domínguez

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